TC Televisión | ¡Atención! El coronavirus desata una guerra por las mascarillas

¡Atención! El coronavirus desata una guerra por las mascarillas

abr. 04, 2020

La batalla contra el coronavirus no se libra solo en los hospitales. Al dispararse la demanda de mascarillas, se ha desatado una guerra entre países para hacer acopio de este hoy preciado material.

En Francia son cada vez más los presidentes regionales que acusan a Estados Unidos de interceptar sus pedidos en los aeropuertos chinos a golpe de talonario, pero París también ha irritado a Estocolmo por haber retenido durante dos semanas un lote de mascarillas destinado a España e Italia.

El conflicto estalló el pasado 5 de marzo, cuando Francia detuvo en Lyon cuatro millones de mascarillas de la empresa sueca Mölnlycke, multinacional del sector médico, especializada en productos desechables, según cuenta L’Express.

La razón es que dos días antes Emmanuel Macron había firmado un decreto que habilitaba al Gobierno a requisar, como en tiempos de guerra, todos los stocks de material que estuvieran en territorio francés para luchar contra el covid-19. La mercancía sueca, fabricada en China, llegó en barco al puerto de Marsella y fue trasladada al centro de distribución que la compañía escandinava tiene en París. Desde allí se iban a enviar dos millones de mascarillas a España e Italia, muy golpeadas ya por la pandemia y donde los clientes de Mölnlycke esperaban la mercancía. Pero las autoridades francesas pararon la operación.

“Al teléfono nuestros interlocutores lloraban. Necesitaban esas mascarillas urgentemente, era terrible”, cuentan fuentes de la compañía a la revista. Al constatar el bloqueo, la dirección de la empresa se puso en contacto con el Gobierno sueco para que presionara a París y al Secretariado General de Defensa y Seguridad Nacional, órgano asesor del Gobierno con competencias en gestión de stocks de mascarillas quirúrgicas que tras dos semanas de tira y afloja, accedió a liberar la mitad de la remesa para que España e Italia las recibieran.

Fuente: El Telégrafo